Hace muchos años, en un pueblo de calles empedradas, vivía una niña que nunca se quería dormir. Le decían Petiza. Tenía una melena rubia con flequillo, un vestido que se le abría como campana cuando corría, y un secreto: veía cuentos en todo. En la olla que hervía con canela. En las puertas viejas de su calle. En las candelas que temblaban por la calle, de casa en casa.
Una noche, en la rama del árbol del patio, se posó un pájaro que ella nunca había visto: verde, turquesa y naranja, con un antifaz negro y una cola larga como dos péndulos. Tic… tac. Era el torogoz.
—¿Vos sos la niña que siempre está mirando? —le dijo—. Tomá. Esto es para vos.
Y dejó caer una pluma de su cola. Pero cuando Petiza la recogió, ya no era una pluma: era un lápiz de oro, con una estrellita encendida en la punta.
Petiza levantó el lápiz y dibujó en el aire la primera letra de su nombre. Una P grande, dorada, que se quedó brillando en la noche. Y de esa P salió su primer cuento: lo que veía en el humo del comal, en las nubes sobre el volcán, en la risa de sus hermanitos. Todo lo que dibujaba se volvía cuento, y cada cuento, al terminar, subía al cielo como una espiral de chispas.
Esa noche Petiza aprendió que contar tiene dos sentidos. Contar es decir un cuento. Y contar es importar. Lo que imaginas también cuenta.
Petiza creció. Ya de abuela, debajo del mismo árbol, con candelas encendidas y algo dulce en la mesa, les contaba sus cuentos a sus nietos. Y una noche, al terminar, les pasó el lápiz de oro a los niños y les dijo:
—Ahora les toca a ustedes.
Desde entonces el lápiz pasa de mano en mano. Cada vez que alguien dibuja un cuento, aparece una espiral nueva en el cielo. Mirá bien: en una de ellas estás vos.
