Petiza tiene siete años y ve cuentos en todo: en el humo del comal, en las puertas viejas de su calle, en la risa de sus hermanitos. Los cuenta a quien quiera oírlos, y a quien no, también.
Hasta que un día le dicen que ya basta. Que deje de inventar. Que aprenda a contar, pero con números. Y Petiza obedece… y algo se apaga. Los colores se quedan quietos. Las puertas ya son solo puertas.
Esa noche, en la rama de un árbol viejo, la espera el torogoz. Juntos salen a buscar lo que perdió, por un mundo que canta, y en el camino Petiza descubre que contar tiene dos sentidos.